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"LOS TEATROS DE GUERRA Y LAS GUERRAS DEL TEATRO"

“LOS TEATROS DE GUERRA,
Y LAS GUERRAS DEL TEATRO”
 
Juan Monsalve
 
Relaciones entre los teatros de guerra y las guerras del teatro. Política del Estado y de la Empresa Privada, frente a la cultura nacional, e internacional.
 
                Aunque parezca una ironía, la escenificación que sirve la sociedad globalizada -mal de un posmodernismo injertado en Latinoamérica, continente que ni siquiera ha alcanzado la modernidad y todavía comporta residuos medievales-, ha llevado a significar la guerra como teatro, como escenario, en tanto el suceso social se ha vuelto espectáculo por obra de los medios de comunicación. Tal fenómeno corresponde a la sociedad de consumo, la que divierte a distancia (TV) a costillas del horror y la crueldad de una guerra infame e interminable. Propio del procedimiento de la crónica roja es hacer show del dolor, contrario a las mejores costumbres estéticas: las de no mostrar directamente el dolor, por piedad al doliente y sus cercanos.
                Asi, han llamado los campos de batalla: "teatros de guerra", y a los involucrados en ella "actores del conflicto". Y no es ingenuamente que se ha tomado la terminología del arte escénico para señalar la guerra, en tanto la democracia representativa contiene desde su origen una mascarada. Recordemos que "persona", en la formación de la ciudad griega, es "máscara", y que los personajes entronizados en la pirámide del poder son en realidad enmascarados, aquellos que representan un papel, los representantes de la voz del pueblo. Pero los representantes del pueblo han usurpado la voz del pueblo -la democracia directa-, fundando en las repúblicas la democracia indirecta o representativa. Dichos personajes representan un teatro social, o un teatro de la representación social. La sociedad es hipócrita en tanto está enmascarada, por eso, se entiende, desde el punto de vista de los teatros sagrados, que el teatro es el doble de la vida, como nos recordó Antonin Artaud; o, como un espejo, según William Shakespeare.
                La farsa es común al arte escénico y al oficio político; más en las sociedades enmascaradas de democracia, justicia e igualdad. Los rituales sociales tienen del teatro el montaje, la simulación de una realidad que se esconde bajo el ropaje de las clases y las diferencias sociales, el protocolo que significa el artificio de distinción en la escala social. Tal enmascaramiento sirve para el engaño de la masa ignorante, a través de él se gobierna y se somete. De ahí que el estudio de la "imagen", propia de los personajes políticos, sea primordial para un buen desempeño de tal papel; como actor social, el político debe llevar un vestuario adecuado, un maquillaje apropiado, una máscara social.
                Pero el teatro que hacen los políticos dista mucho del verdadero arte, el que trata, por medio de lo bello, de lo estético, de desenmascarar la apariencia con el fin de mostrar lo verdadero. El político hace lo contrario: a través de lo bello enmascara lo verdadero. Teóricamente el Estado existe como mediador de la lucha entre los estratos sociales, solo que la historia opto por ser escrita por los vencedores, y actuada por la legión de los Principes de la Tierra.
                Los teatros de guerra representan una tragedia (en vivo), en tanto los dioses huyeron de su escena. Por eso se complacen en hablar de "actores del conflicto", y en maquillar a sus guerreros, recordándonos las primitivas danzas marcianas, las que se hacían en honor a los dioses de la guerra. Pero como la realidad imita el arte, como dijera Oscar Wilde, los generales se complacen hablando de la guerra como una representación escenica, como un espectáculo para ser exhibido al publico (recordemos la guerra de EEUU contra Irak, como espectáculo televisivo), que manejan tras bambalinas, como titiriteros manipulando muñecos ante una multitud ávida de justicia social y de paz duradera. Este juego escénico es cruel. Eso explica, entre otras cosas, que Antonin Artaud hablara del Teatro de la Crueldad, en tanto una sociedad apestada desataba la envidia y la venganza como leiv motiv, o motor de su dramaturgia. A pesar de esto, las anagnórisis, es decir, los reconocimientos y las sorpresas no son lo que los políticos esperan, o planean, por eso, precisamente es guerra. Y, como suele ocurrir en el teatro, o por lo menos en el buen teatro, el desenlace es inesperado, no hay cálculo certero sobre el fin de esta tragedia.
                Asi pasa tambien con las Guerras del Teatro que, a semejanza de los Teatros de Guerra, son analogía e imagen de lo que pasa en un país como Colombia, sumido en tragedia. Desde 1989, a raíz de la caída del Muro de Berlín, han tomado revancha los Teatros Mortales contra los Teatros Populares y Experimentales, haciendo alarde de los beneficios de la empresa privada en detrimento de los privados de empresa. En la década de los años 90's se vio crecer la imagen cultural que el país daba al extranjero, cuando el Estado patrocinó el Festival Iberoamericano del Teatro con millonarias sumas, en detrimento del teatro nacional, el que se vio pauperizado en extremo. Esto es reflejo de una política social de guerra, donde el capital financiero apoyó a los bufones del rey, los que hicieron fiesta para los poderosos y los extranjeros. Asi se limpiaba la imagen exterior y se continuaba con la mascarada interna. En la última década, el movimiento nacional de teatro se ha visto diezmado, los grupos disueltos y muchos de sus integrantes obligados a cambiar de oficios, a buscar trabajo en los Teatros Mortales, comerciales, en la televisión, y en otros medios de medio pelo, o a engrosar las filas del desempleo; o a tomar el camino del exilio. Las políticas culturales diseñadas por el Estado apuntaron en el mismo sentido, apoyando la emergencia de un teatro de divertimento para la masa, y convirtiendo su apoyo en una política de rifas, juegos y espectáculos (becas y premios en un país de loterías y reinas de belleza). "Pan y circo", como reza un antiguo adagio, pero sin pan.
                La espectacularidad del Festival Iberoamericano está claramente delimitada en dos campos: para las clases pudientes, las que pueden pagar los costosos abonos; y para el pueblo, el espectáculo callejero o multitudinario, a precio de huevo. Tal paternalismo, propio de la culpa neoliberal, hoy día naufraga. El teatro nacional ha sobrevivido por amor al arte, gracias a Dios, y a pesar de la guerra que le ha declarado el Teatro Mortal no ha dejado de existir; por el contrario, en épocas de crisis, la oportunidad de florecer se hace más cauta y más creativa. Los verdaderos creadores, actores, directores, dramaturgos, directores y técnicos han encontrado, a manera de una economía de rebusque, cómo llevar a escena sus creaciones; asi, en ésta década oscura se ha fortalecido la conciencia étnica, y se han multiplicado las alternativas culturales. El teatro político de los años 70`s decayó. El teatro rosa de los años 80`s hizo crisis. La última década de entusiasmo neoliberal y Festival Iberoamericano ha desatado una nueva inquisición, una cacería de brujas con dólares para los de afuera, y mendrugos para los de adentro.
                Es necesario dar al teatro nacional condiciones de igualdad, a la par del teatro internacional. Es necesario que el Ministerio de Cultura, las instituciones gubernamentales, y la sociedad entera, apoyen con políticas ampliamente democráticas, y sostenibles a largo plazo el arte escénico de nuestro país. Es necesario el apoyo desde las escuelas, los colegios, las comunidades que producen un arte escénico popular. No es justo que inviertan la mayor parte del pingue presupuesto para la cultura en un festival que no representa el verdadero teatro colombiano, sino que hace la fiesta extranjera para esconder una situación interior de injusticia y de miseria. Habría que encontrar un equilibrio donde los festivales (locales, nacionales e internacionales) sean el producto de un verdadero y democrático proceso escénico, sobre todo en el campo económico; el que debe estar enraizado en las comunidades de base, contando con el país multi-cultural, y pluriètnico. Tal situación ha desenmascarado, en Colombia y en el extranjero, los Teatros de Guerra y las Guerras del Teatro.
                                                                    ***
Este articulo hace parte “Teatro y Sociedad”, del libro: ‘LA IDEA DEL TEATRO”
                                                                                 
 

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