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ARTE Y ECOLOGIA- 'EL SACRIFICIO DE LA NUBE'

“EL SACRIFICIO DE LA NUBE”
 
                                                                                                                                               Juan Monsalve
 
                Si observamos con atención las modificaciones psíquicas más difícilmente registradas, de las que, permaneciendo ocultas, nada o casi nada sabemos, las que provienen del inconciente y se revelan en símbolos; en los sueños o producidas por procedimientos rituales y se revelan en técnicas de alteración psicoactiva del estado ordinario de conciencia, debemos cuidar desde el principio el desconcierto que causa pasar de una lógica formal a una lógica paradójica, propia del lenguaje de los símbolos. Y si observamos la relación entre eficacia simbólica y acción psicofísica, debemos hacer necesariamente una antropología del gesto.
 
                 El cuerpo a priori, no es nada más cuando el cuerpo está disgregado, disuelto, habitado por un fantasma que lo engaña, un desconocido que lo posee. No se conoce a sí mismo y no tiene una imagen de sí. Tal espectro fabricado de diversos órganos tomados de otros cuerpos, lo encontramos en el mito del “Golem”, y toda clase de monstruos fabricados por los experimentos de la genética contemporánea, reflejados en la imaginería del mercado simbólico del consumo a través de sus medios de comunicación. Éste espectro se comporta como un cínico, o un ecléctico haciendo del pensamiento un signo confuso. El cuerpo disoluto, disuelto, perdido en el laberinto, se encuentra cual bestia llamada al sacrificio, a pagar con su sangre la furia de los dioses.
 
                La suma de los órganos no es cuerpo (corpus), como la suma de los hombres, no es cuerpo social o por lo menos, lo es en digresión. El cuerpo esquizoide del urbanita está compuesto por miembros y órganos adquiridos en el comercio de la muerte. Está separado, apartado de la tierra, des-terrado y a-terrado (en terror), se ve perdido en la soledad de las masas. Obligado cual antiguo esclavo a edificar tótems, torres babilónicas y hacinarse en cubículos de discordia. El anónimo hombre de las multitudes de Edgar Allan Poe, ya anunciaba el destino del cuerpo urbanita, pero éste ya había sufrido un largo proceso de partición, ya había sido vuelto añicos, por tal motivo no podemos dar por hecho el cuerpo humano, sino que debemos considerarlo como cuerpo en proceso, en procedimiento de creación. Es aún un cuerpo incompleto que está por completarse, con su otra parte: el Espiritu.
 
                Cualquier proceder violento que intente concertar la concordia del cuerpo social o individual, sólo será un procedimiento más, que destruya aún ésta esquiva posibilidad de reunir los fragmentos del sentido disperso. Por eso los vestigios arqueológicos de tales explosiones e implosiones, deben leerse como fragmentos de símbolos muertos o en desgaste expresivo. Así mismo, observar los nuevos símbolos emergentes, recordando que muchas veces las nuevas formas traen el mismo numen.
               
                La digresión del cuerpo social origina la digresión del cuerpo psíquico individual, y las enfermedades patológicas se originan por posesión de sombras colectivas. El Corpus Mundi tampoco está completo aunque sabemos que el mundo es redondo, como la cabeza. El pensamiento humano apenas comienza a abrir sus fronteras, y a redondearse. El giro del pensamiento, según las técnicas del trance, en ritos originales, multiplica la dualidad original, detiene el diálogo interior, abriendo la dialéctica formal binaria y, corriendo el “punto de encaje”, abre la visión desde otros lugares de la conciencia. Amplia la conciencia, y abre la percepción.
 
                La lectura del lenguaje de los símbolos -lenguaje analógico- requiere superar el espejismo de Maya (mitología India), la apariencia y sus reflejos, que confunden la simbología y los mitos con mera superstición y superchería, para así, poder percibir la imagen y la voz del lenguaje jeroglífico, sellos que guarda el Arte de la Memoria.
 
 
                SIMBOLOS DEL CUERPO.- Una antropología del gesto sobre una cultura en proceso donde, por una parte, se ha perdido la memoria, no quiere recordar el pasado violento, y por otra, cultura que se enfrenta a un presente incierto, es una antropología de gestos sociales en movimiento, desde luego, pero nuestra atención está dirigida a los gestos menos perceptibles, es decir los que se esconden más en el proceso creciente de fragmentación individual, y también a los gestos que apenas emergen; asi que nos centraremos en la particular manera que adquiere, por ejemplo, un gesto de la mano casi imperceptible, acompañado de un giro de los ojos, en una situación de representación social donde la máscara esconde el verdadero rostro. Para ello es recomendable hacer primero una arqueología de éste fragmento, para restaurar su modificación psíquica más difícilmente registrable.
 
                El gesto escogido, debe ser colocado cuidadosamente en un “loci”, o lugar de laboratorio, cuya medida no exceda la medida del cuerpo humano, es decir que de ninguna manera sea sobre-dimensionado, inflacionado como cuerpo de poder, o reducido a sombra. Su medida debe ser la medida del ser humano. Para el trabajo sobre las manos se recomienda un laboratorio previo sobre una mesa, donde la mano ejecuta el gesto mientras los ojos la observan. Y realizar allí un estudio tomando la mínima unidad de esencia anímica, emocional. 
                El estudio empírico del movimiento de las manos es indispensable, pero no basta, hay que rastrear su arcano, su “Mudra” (sanscrito: sello, jeroglífico de la mano). Obviamente la mano toma posición según el objeto que manipule, sea éste un bastón, una espada, un revólver, un misil, un machete, o una delicada pluma que firme la orden para lanzar una bomba atómica. Los oficios moldean la mano, el cuchillo moldea la mano del carnicero, el martillo la del carpintero, el arma la del militar, etc.
 
                El estudio de los gestos, de Charles Darwin, en su maravilloso trabajo sobre “Las emociones en los animales”, y la similitud-diferencia con los hombres, nos propone reconsiderar el “Sensorio”, relegado por los estudiosos de la Líbido (S. Freud y su escuela), desde finales del siglo XIX europeo. El “Sensorio”, llamado posteriormente Líbido, energía que circula alrededor de la columna vertebral, simbolizada por una serpiente (caduceo griego), tiene origen en las culturas shamanísticas expandidas por el mundo entero. 
                El Kundalini, de India, dice que la energía del cuerpo circula a través de los siete Chacras, del inferior al superior. La apertura final del Chacra superior conduce al Atman Superior, Espiritual. Éstas y muchas otras vías de apertura de la percepción, podemos verlas a la luz de estudios sobre el magnetismo anímico o animal, también realizados por Shopenhauer, Nietzche y otros; o estudios múltiples sobre la percepción, pero estas vías de apertura están guardadas por las culturas mal llamadas “animistas”, en contraposición a las culturas “racionalistas”.
 
                Las Ciencias Hermenéuticas relacionadas con el cuerpo consideran el cuerpo humano como el athanor donde se funde el espíritu, y sus miembros como vértices donde se cruzan los mundos: “Un solo cuerpo, un solo espíritu”. Su animalidad ha sido estudiada por la Fisognómica y la Geomancia, la lectura de las sombras, o de los órganos, etc., pero sobre todo pertenece al conocimiento shamánico con fundamentos empáticos, como el trance inducido por la danza, el ayuno o las plantas mágicas. En la cultura occidental se han desarrollado otros métodos para detectar modificaciones psíquicas, apenas perceptibles como la hipnosis, el trance, el espiritismo, el sonambulismo, la telepatía, y otros fenómenos paranormales, que mal aplicado produce estragos, como el fascismo. El poder de tales ciencias permanece en la hermenéutica y su utilización es en extremo delicada.
 
                Considerando el desgaste de los organismo expresivos y el proceso de emergencia de nuevos símbolos y nuevas acciones psicofísicas que llevan a transformaciones de la conducta social, hay que detenernos primero en la naturaleza psíquica de los símbolos. El desgaste de los organismos expresivos ocurre de manera particular en la mal denominada cultura occidental, en tanto el conflicto Este-Oeste se torna hoy día el conflicto Norte-Sur. De ésta manera cualquier discurso posmoderno del Norte, debe considerar el punto de vista del Sur, el que guarda gran riqueza simbólica. Citemos a Oscar Pujol en Posmodernismo y Tradición India:
 
                                “...El posmodernismo actual, inscrito en un contexto típicamente primermundista, corre el peligro de banalizarse, es decir de convertirse por defecto en una filosofía del consumismo despreocupado y hedonista de los países afluentes. Es preciso pues la contaminación del posmodernismo nórdico, por el pensamiento del Sur, tanto tradicional, como contemporáneo para revitalizarlo con una visión tercermundista de la realidad, en donde la carencia y no la afluencia, es el signo más significativo. 
                                                                                                                                                Varanasi-India
 
                De tal forma que la llamada ex-presividad contiene, aparte del referente histórico del Expresionismo (movimiento artista de principios del s.XX en Alemania), un contenido psíquico donde agotado el flujo de libertad exterior, ha olvidado su libertad interior, buscando la libertad fuera de sí mismo y depositando su anhelo en la materia, o en un Dios fuera de sí. Porque ex-presar, en relación a su dicotomía interna, denota un conflicto del ser preso: ex-presión, liberarse de una presión; mientras que en las culturas orientales hablamos de “presencia”, tal como el árbol que nada ex-presa, sino que está presente, vive en el presente continuo.
 
                Asi, los símbolos no podemos considerarlos como ex-presiones, propiamente hablando, sino como manifestaciones del conocimiento trascendente, en la inmanencia del ser, o sea en su contingencia presente, en su mensaje hermético, su efigie, su pregunta. Así, nos vemos en la necesidad de examinar de nuevo la función psíquica de los símbolos. Citemos a C. G. Jung, en “Los Símbolos de Transformación”:
 
                “Los símbolos funcionan como transformadores, puesto que transfieren la líbido de una forma inferior, a otra superior. Esta función es tan importante que el sentimiento le atribuye los máximos valores. El símbolo actúa sugestivamente, es decir, convincentemente, y expresa al mismo tiempo el contenido de la convicción. Actúa convincentemente en virtud del numen, o sea, de la energía específica propia del arquetipo. La vivencia del último es, no solamente impresionante, sino francamente emocionante, produce naturalmente una fe.”
                                                                                                               
                Y más adelante: “Como la fe se trata de representaciones superiores centrales y de importancia vital, las únicas que dan a la vida el sentido necesario, la primera tarea que se plantea al psicoterapeuta es que él mismo comprenda nuevamente los símbolos, para comprender a su paciente en su inconsciente, afán compensatorio por llegar a una actitud que exprese la totalidad del alma humana. (Pg. 254-46)
 
                Y, como bien sabemos, el signo no es el símbolo:
 
                “El signo tiene un significado fijo, porque es una abreviatura (convencional) para una cosa conocida o una alusión a ella de uso general. El símbolo, en cambio, tiene numerosas variantes análogas, y de cuantas más disponga tanto más completa y exacta es la imagen que esboza de su objeto. (Pg.137)
 
                Un gesto de la mano, por ejemplo, contiene un significado simbólico: puede ser que oculte francamente su intención, o que refleje lo contrario, ya que las emociones también operan por contradicción, por oposiciones simples y complejas. Los Mudras de India son el lenguaje simbólico de las manos. Ellos no son una mera convención cultural, ni un signo cualquiera, sino un jeroglífico revelado al hombre desde los orígenes, por los dioses; e impresos en su memoria corporal, o kinetica. El cuerpo es memoria. Mudra es Sello, y como tal: guarda. El Sello es revelación, es decir, re-velado, velado dos veces, para su protección, siempre nos propone una lectura analógica. El Mudra guarda la memoria de la acción del cuerpo, en la mano. Los Mudras de: Concentración, Ofrenda, Ubicuidad, Rueda Externa, Rueda Interna, Acción de Gracias, etc, no son meros signos de las manos, sino lenguaje jeroglíficos, y su práctica invoca en el cuerpo su causalidad anímica, emotiva. 
               
El conocimiento kinésico, la relación entre gesto y ánimo, debe superar su molde estructuralista para ceder a la lectura jeroglífica, simbólica, en tanto comprenda que la memoria del cuerpo, comprendida genéticamente en el ADN, habita en todas las células del cuerpo. 
 
                La mano es el lenguaje inmediato del cuerpo en tanto que recuerda inmediatamente el significado de la acción, dibujándola en pequeño, invoca su forma, entonces los ojos responden, y luego la palabra. La mano va primero en toda acción física, por la mano pasan las acciones, ella es el receptor sensible de la acción, despierta los ojos que siguen el punto que les indica en su movimiento más imperceptible. El gesto ordinario de la mano contiene un lenguaje que proviene del inconciente, de la memoria genética y está escrito en la memoria corporal, no sólo en la memoria de las emociones, ni en la memoria psíquica, sino en el instinto y el reflejo.
 
 
                DEL SABOR, EL GUSTO.- El término Rasa, en sanscrito, significa Sabor, jugo, salsa, y el arte es comparado en el Natyashastra, poética de India, con la cocina. El Rasa es la emoción, es decir, el sabor del ánimo, el estado del espíritu. La poética de India contienen una teoría de las emociones muy distinta a la teoría filosófica de la poética griega de Aristóteles, o a la psicología de la Memoria de la Emociones de Stanislavsky, autor influenciado por la psicología del s.IXX. El Natyashastra reconoce nueve emociones principales (Nava-Rasas) con múltiples ramas, los sentimientos (Babas). En el Upanishad Mundana, de India, se menciona al hombre como un árbol:
 
                                                                                “Como un gran árbol en el bosque,
                                                                                así en verdad es el hombre.”
 
                Donde habitan dos pájaros. Uno picotea la fruta y el otro lo observa, las manos y los ojos: En las manos está la acción (Raja), en los ojos está la contemplación (Sattva).
 
Veamos ahora la naturaleza de la acción, en el Bhagavad Gita:
                               
                “En éste mundo hay un sendero doble, oh impecable: el del yoga por el conocimiento, de los Samkhyas; y el del yoga por la acción, de los yogis. El hombre no se libera de la acción absteniéndose de la actividad y la mera renunciación, tampoco lo eleva a la perfección (Pg.30).
 
                La Acción debe realizarse como vía de la Ignorancia hacia el Conocimiento, no en su cualidad de Logos, sino en su función actuante, mediadora, facilitadora de La Sabiduría. El gran poeta de India, Kabir (s. XV) lo enseña así:
 
                                “Pues la acción no tiene otro fin que el
                                obtener el Conocimiento.
                                Cuando el Conocimiento aparece, se abandona
                                la acción . (Pg. 24, Cien Poemas).
 
                Tal es el fin de la acción, en sentido original, como “espacio de representación original” (Jaques Derrida), como acción ritual, rítmica. El verdadero hacedor, actuante, actor o performer es el shamán, el danzante, el cantor., etc. El Raja Yoga, o yoga de la Acción consiste en trasmutar La Ignorancia (Tamas), en Sabiduría (Sattva). La imagen zoomorfa del “Raja” indo-americano lleva vestido de jaguar, y ellos tienen el poder de la acción transformativa. La acción es el sacrificio del cuerpo.
               
                Los Símbolos del Bagavad Gita no son mera literatura, ni el conocimiento de los lenguajes de los Mudras son meras convenciones de una cultura, ni signos interiores, sino, que contienen una memoria y conservan un conocimiento que quizás en ninguna otra parte del mundo exista de ésta particular manera. El Mudra pertenece al arquetipo de la acción de la mano, al jeroglífico escrito en la mano de la trimurti: Shiva, Brahma, Vishnú. Él está también en los movimientos de las manos de los danzarines y actores, desarrollados de dos maneras: Narrativa (Nritya), y pura (Natya). Las manos son “el pájaro que picotea la fruta”, la acción contingente de alimentarse y morir.  Leemos en el Uphanishad-Mundaka:
 
                                “Dos pájaros inseparables amigos, se posan
                                en el mismo árbol. Uno de ellos como el fruto
                                dulce, mientras el otro lo mira sin probar bocado.
                                En el mismo árbol está sentado el hombre,
                                sufriendo confuso por su propia impotencia.
                                Pero cuando ve al Señor y conoce su gloria
                                su corazón se llena de alegría y el sufrimiento
                                desaparece.
 
                El pájaro que picotea (Raja), es contemplado (Sattva) por el pájaro que mira. El pájaro que picotea es la contingencia de la acción, en su naturaleza efímera, cuerpo del sacrificio, ofrenda, y el pájaro que ve es el rayo de luz que penetra y trasmuta su materia, soplando sobre ella, es decir cantando, en el sentido original del Cantor, quien infunde un soplo y silba, dice, habla, crea. La misma analogía de los pájaros en el árbol la encontramos en Kabir:
 
                XLVII                     
                                               
                Existe un extraño árbol, que se sostiene sin raíces                   
                y da frutos sin florecer;
                No tiene ni raíces ni hojas, está recubierto
                de loto por todas partes.
                Allí cantan dos pájaros; uno es el Gurú y el
                otro el discípulo:
                El discípulo elige los múltiples frutos de la
                vida y los gusta, y el Gurú lo contempla con
                Alegría.
                                               
                Lo que dice Kabir es difícil de comprender:
 
                El pájaro está más allá de la vista y
                sin embargo es claramente visible.
                Lo sin forma se encuentra en medio de todas
                las formas. Yo canto la alegría de las formas.
 
                El árbol simbólico está presente en muchas culturas como árbol mundi, eje del mundo, cruz, tótem, etc; y C.G. Jung lo análoga con lo femenino-natural, con la madre y la serpiente. El Tao, de China, lo asocia con el viento, en su cualidad flexible y penetrante, igual que con la palabra.      El árbol de la fe, para el judeo-cristiano, es el árbol del paraíso, la zarza ardiente, y la cruz de Cristo. El bonzo budista ardiendo en llamas, como mártir que hace señales desde la hoguera (Antonin Artaud) es el mismo árbol luminoso, numen, sol interior, y todas ellas dan testimonio de la luz de la fe.
 
                Éste extraño árbol que nos menciona Kabir, que se sostiene sin raíces, es el hombre es su doble naturaleza: actuar y contemplar; el que acciona y el que observa. Sin raíces, rizoma, es decir con raíces etéreas, numinosas o con alas-pájaros. El hombre es imaginado, en el hinduismo, como un árbol invertido, cuyas raíces se pierden en el cielo y sus ramas ocupan la tierra. “Está cubierto de loto”, es el mudra natural del hombre-árbol en su florescencia
                 En “El Fushi-Kaden”, la “Flor de la Interpretación” de Zeami, del Japón, también nos hace esa comparación con el árbol en La Flor; y en el Teatro Noh, se entiende que la semilla está en La Flor. Así mismo C.G. Jung, nos trae la misma analogía de los Upanishads, para analizar la relación entre uno y otro pájaro, entre el alma individual y el alma universal, en otra traducción. Veamos los matices:
 
                “Dos amigos unidos, provistos de hermosas alas,
                abrazan un mismo árbol; uno de ellos come las dulces
                vayas, el otro sin comer, mira hacia abajo. Rebajado a                         
                ese árbol el espíritu se aflige de su impotencia, cautivo
                de la locura, más cuando adora y contempla la                                      
                omnipotencia y majestad del otro alejase de él la pena.                          
El que creo los himnos, los sacrificios, los votos, lo pasado, lo futuro, las doctrinas de los Vedas, creó como                         
                mago éste mundo donde falsas ilusiones tienen                                       
                prisionero al otro.” (Pg. 215).
 
                Y, más adelante:
 
                “….pájaro bienhechor. Los ángeles son propiamente aves.
                Cfr. el plumaje de las almas-pájaros del infierno. En el                          
sacrificio de Mitra, el mensajero divino ( el ángel) es un cuervo.” (Pg.260).
 
                En un pasaje de la mitología India, Krishna aparece también en forma de cuervo. La grupa de Vishnú es Garuda, pájaro-ángel. Es muy extensa la simbología del pájaro en las mitologías. La naturaleza efímera del pájaro que picotea la fruta, pájaro-cuerpo del sacrificio (el primero morirá, el segundo volará) contingencia del cuerpo material y de su nutrición. El pajaro que vuela, el alma desprendiéndose del árbol.
 
 
                EL CUERPO DEL SACRIFICIO.- La lectura de los símbolos,  al ser analógica y paradójica, debe evitar de cualquier manera los silogismos, representando a su antojo las similitudes, y haciendo falsas deducciones de sus semejanzas.
 
                Su “lógica para-consistente” (Guillermo Páramo) es una frágil lógica donde se pueden confundir los hilos, es decir, y desfigurar los mitos. Walter Benjamín, ha hecho la crítica en “El Origen del Drama Barroco”, de los símbolos clásicos y su decadencia en alegorías vacuas, formas vacías que la antigua hermética perdió en el barroco europeo. Los símbolos tienen poder de acción, ellos no son meras representaciones intelectivas, académicas o artísticas, sino que tienen eficacia simbólica, o sea, inciden en la realidad. Veamos su accionar físico, en el Bagavad Gita:
 
                “Las criaturas devienen por el alimento, de la lluvia deriva la producción del alimento, la lluvia procede del sacrificio, el sacrificio surge de la acción, has de saber que la acción surge de Brahma, y Brahma proviene del imperecedero.” (Pg. 31).
 
                El sacrificio de la nube ofrenda la lluvia. El sacrificio del cuerpo etéreo del agua, su sangre transparente, su atman, la lluvia crea el alimento, de donde devienen las criaturas. La Nube es símbolo de la contingencia del cuerpo humano, efímero, pero también del cuerpo del universo. Ella representa el primer anhelo de la materia. En las nubes se lee el destino, ellas son el velo que oculta la voz y la luz primigenia. Se simboliza en las mitologías en cuerpos de animales o humano celestes con cuerpos contingentes. El agua primigenia, llamada Amón por los egipcios, es el Nun primigenio, la madre primigenia. También es analogada a la leche primigenia y al Soma, bebida psicoactiva. Llamada también “Vaca del Cielo”, fue siempre representada con cuerpo estrellado. El cuerpo de La Vía Láctea, la nube de leche. En el ciclo del agua, han habitado y habitan múltiples seres que las mitologías nos refieren. 
               
En el cielo se transmutan los espíritus en nubes, y caen nuevamente como semillas líquidas, semen de cristal. El agua ha sido considerada como elemento sagrado en todas las mitologías, indispensable para la vida en la tierra, y ha sido cantada por grandes poetas, en todos los tiempos (‘El agua y los Sueños”, Gastón Bachelard). El agua contenida en el cuerpo humano se sacrifica, a través del trabajo, cayendo en forma de sudor, semilla del fruto. El cuerpo humando, analogado a la arena, al polvo, a la harina, por su naturaleza cambiante, donde tales tránsitos (trances, puentes a otros mundos), permanecen sellados en la memoria ritual, en sus gestos, los que unen, yoga y re-ligan el dominio del numen sobre el cuerpo material. El fuego subterráneo, o sol interior, purifica la materia caída en el abismo de las aguas que trasmutan, disciernen, separan lo pesado de lo volátil, lo líquido de lo aéreo. La alquimia del agua va de lo mas bajo a lo mas alto. De las aguas abismales, a las nubes celestiales. Esta en todas las teofonias como agente trasformativo. Las Nubes son antítesis de las sombras, en ellas los seres obtienen su primer cuerpo visible, y sus cambiantes formas anuncian el devenir de los seres.
 
 
                LA VOZ DE LA NUBE.- Sin pretender abordar el extenso tema de “La voz de la nube”, el cual aparece en muchas mitologías, basta recordar a Zeus con su voz de trueno, a Yahvé hablando desde la nube, a Brahma viajando en una nube, a Minixtcoal, serpientes-nubes mensajeras de Quetzacoatl. Sólo quiero anotar como la voz de la nube anuncia el rayo de luz. En el Tao se dice: “trueno- rayo”, y no “rayo-trueno, indicando con ello que la voz va primero, luego la luz. La voz oculta en la nube, en el Antiguo Testamento, dice: “Hágase la luz…”., primero habla. En el principio es el verbo, la acción.
                “Sólo la acción es verdadera”, nos dice Gohete, refiriéndose a la aplicación simbólica del conocimiento de Fausto, que a llegado a su límite. Lo mismo ocurre en los indios del Río Apaporis, en el Amazonas, cuando relatan que: “Viejo payé iba remando por el río, cuando de pronto escuchó una voz venir del recodo, entonces, al asomarse, vio que estaban bailando los peces
 
                Como se puede apreciar, primero escuchó una voz y luego vio que estaban bailando los peces. Primero la voz, luego la imagen. La voz crea la imagen, la luz. El trueno y sus ecos resuenan desde la nube. Los resonadores del hombre, en sus cavidades interiores, están bloqueados, ocupados por sombras. La resonancia de La Voz de la Nube en los resonadores del cuerpo humano, llamada Voz Interior, se ve obstaculizada, de manera que el eco de las voces de origen, es decir, del inconciente, donde es más difícil registrable y la percepción se halla cerrada, merece una acción práctica para barrer las sombras con procedimientos psicoactivos, donde las siete principales cavidades resonadoras: ano, vientre, pulmones, garganta, frente, paladar, labios, cabeza, etc,  se abran para poder oír la voz luminosa resonando en nuestro interior.
 
                El Raja-Yoga, con sus Asanas (posiciones corporales) y Pranayamas (respiración conciente) conduce a la apertura de los resonadores. Un hombre sin resonadores, sin preceptores del eco, de la voz de la memoria de sus ancestros, no es un hombre, tan sólo una caja rota.
               
                La Nube y el árbol, símbolos de Dios y del hombre, mediados por la lluvia, la ofrenda de su sacrificio, como hemos visto en el Bagavad Gita, nos análoga el bosque y el agua como verdaderos sostenedores del equilibrio, campos individuales y sociales, tales como la recuperación del medio individual hasta la recuperación del medio social.
 
                La medianía del agua, en Lao-Tse, descendiendo en nube roja, nos propone la paradoja de que lo débil vence lo fuerte, de tal manera que, asi mismo, la acción simbólica es una acción imperceptible, es decir, invisible.
 
Juan Monsalve
 
 
 
 
 

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